Se ha formado una pareja

Por Daniel Reynoso

Es innegable que un buen vino o una buena bebida espirituosa tienen un perfecto complemento en un buen cigarro de hojas. Soy un amante del tema, por eso le dedico este sensorial homenaje. Y si quieren sumarle sonido, nada mejor que el dúo Fred Astaire y Ginger Rogers.

Cuando los rústicos hombres llegados de Europa a una diminuta isla del Caribe pudieron acercarse a quienes la poblaban, observaron que varios de ellos echaban humo por bocas y narices, mientras inhalaban unos cilindros de hojas pardas enrolladas, muy aromáticas, encendidos en uno de los extremos.

Así fue como los tripulantes de la expedición de Cristóbal Colón conocieron a los taínos, los habitantes originarios de esa tierra que después los europeos llamaron América. Y vieron por primera vez el tabaco.

De esto han pasado casi 530 años.

Mucho se ha fumado desde entonces, ya que esa planta que los europeos llevaron al viejo continente fue adquiriendo formas diversas y se consumió en forma de rapé, como hojas comprimidas para masticar, envuelta en papel de lino y de paja de arroz, y también picada y aromatizada.

Sin embargo, la forma suprema, ésa en la que se percibe toda la plenitud del tabaco, su intensidad visual de brasa y humo, su aroma que nos transporta a tiempos hospitalarios y antiguos, es a través del Puro o Cigarro Puro. Denominación que en Cuba cambia por habano. Y en Brasil y Portugal, por charuto.

Este relato es más que nada una experiencia individual, que como todo viaje, está sujeto a la subjetividad de quien lo experimenta.

Yo, en particular, elijo iniciarlo con las marcas cubanas, consideradas por muchos como las mejores del mundo: Cohiba, Montecristo, Partagás, Romeo y Julieta… Aunque  tampoco me acompleja pasar a otras de menor precio pero no menos sabrosas, como Quinteros, Por Larrañaga, Flor de Cano.

Las hojas de tabaco que configuran la estructura de un cigarro se integran en 3 capas: la de adentro se llama tripa y está constituida por hojas de distintas características de aroma y combustibilidad… son las que configuran el “relleno” del puro y le dan su sabor. Luego viene el capote, que envuelve a la tripa. Y finalmente llegamos a la “capa llamada capa”, que es lo que normalmente vemos de un habano.

No hace falta aislarse del mundo para fumar un puro… pero se impone cierta condición ritual y es por ello que se debe elegir bien el lugar y el momento.

En mi caso, siempre lo hago en el jardín, después de una buena comida, hojeando un material de lectura y combinando esta experiencia con lo que algunos llaman el maridaje de un buen tabaco: una buena bebida, para muchos, la pareja perfecta… pero tampoco desentonan un café espresso, una tableta de chocolate o unos higos secos con nueces.

El comienzo del proceso es clave y se inicia con el corte del extremo del objeto a fumar. Con un buen “cutter” de habanos se corta la perilla a una distancia de entre 2 y 3 mm.  Luego se procede al buen encendido del puro… nunca con encendedores de bencina sino de gas butano, que es un combustible limpio. Tampoco con fósforos de cera sino de madera.

Primero se acerca la llama sosteniéndolo en la mano. Luego, dejando el habano a dos centímetros de la llama, se inhala para que el cigarro haga brasas y no se queme. Finalmente, se sopla suavemente la parte expuesta para comprobar que está encendido uniformemente.

¿Y aquí termina todo? ¡No, acá recién comienza!. La experiencia de fumar puros es una elección personal y las “vivencias” de ese viaje las tiene que ir experimentando cada uno, con todos los sentidos… Al fin y al cabo de eso se trata el placer de vivir: algo que no se aprende en ningún manual pero que cada uno puede escribir a su gusto.

Daniel Reynoso es creativo publicitario.

Si sos amante de los vinos y queres compartir tu historia, escribinos a hola@amantesdelobueno.com