Piazzolla: una bioparole (2)

Por Raúl López Rossi

“Nuestro” Darín, el que en la publicación anterior empezó a contarnos la historia de Piazzolla, sigue en el medio del escenario. El bandoneón también sigue allí. Detrás, los músicos esperan su entrada.

Con Carlitos

Recordando los primeros años del músico, Darín había llegado hasta el momento en que don Vicente, Nonino, el papá de Astor, dándole a su hijo una enseñanza de vida ejemplar… le había enseñado a boxear… El relato sigue:

Un día, entre piña y piña, pasó algo interesante.

Vicente que, como ya les dije tocaba el acordeón, se apareció en su casa con un bandoneón. Y se lo regaló a Astor. Era un bandoneón chiquito que había visto en una tienda de productos de segunda mano y había comprado por 19 dólares. Astor vio el artefacto, puso cara de “qué lindo” y lo guardó en el ropero sin saber muy bien qué era esa cosa cuadrada, llena de pliegues y rodeada de botoncitos. Para él, en ese momento, ese aparato o un ventilador eran lo mismo… así que allí lo dejó.

Cada tanto el viejo le preguntaba por “la cosa”… por lo que, un poco por curiosidad y otro poco para no decepcionarlo, empezó a acercarse a ella… Toqueteaba sus botones, la abría, la cerraba… y veía que algo sonaba… pero la verdad es que no lo emocionaba demasiado.

Por darle el gusto a Vicente trató de aprender a tocarlo por su cuenta, pero lo hacía muy mal… Tanto, que los viejos decidieron mandarlo a estudiar. Primero con una profe amiga de su mamá. Después con un profe amigo de su papá… Los dos terminaron echándolo… Claramente la música y Astor todavía no se habían encontrado. O al menos esa música y él.

Y entonces, en 1930, sobrevino “la gran depresión”… En ese momento no entendías muy bien qué era eso de la gran depresión. Lo que sí entendiste es que te llevó de vuelta a Mar del Plata.

El niño Piazzolla

Vicente abrió una peluquería… la moderna “Peluquería Nueva York”…  Asunta, un salón de belleza. Y Astor volvió a la “escuela en español”, hablando muy poco el idioma y luciendo una ropa neoyorkina que hacía que lo miraran un poco torcido… Igual, cuando las miradas se volvían demasiado torcidas, él ya tenía con qué enderezarlas.

Su experiencia con la música no había sido demasiado exitosa, pero los viejos no se resignaban. Y otra vez lo pusieron a estudiar.

Eso duró 9 meses. Exactamente 9 meses. El tiempo justo para que las hormigas de las que ya les hablé se volvieran a poner en movimiento y dieran a luz… una nueva mudanza.

La NYC que encontró

Volvieron a Nueva York. Pero Nueva York ya no era la ciudad que habían conocido.

Los desocupados hacían cola por un plato de sopa. Mucha gente dormía en la calle. Miles de personas no tenían un trabajo fijo.

El sonido de la ciudad también era diferente.

Lo único alentador era saber que las cosas no podían empeorar… por lo que volvieron a instalarse. Vicente volvió a conseguir trabajo como peluquero y a él lo volvieron a mandar a la escuela. Y lo volvieron a echar.

Supongo que para que gastara un poco su energía, los viejos lo anotaron en un club donde aprendió a nadar, a jugar al béisbol… y retomó sus clases de boxeo.

Todo eso le gustaba… pero lo que más le gustaba era formar parte de una banda de “buenos muchachos”. Atenti… Nunzio Incataschiatta, Nino Rodosti, John Pomponio, Gaspar Sacco, Peter Renda y Joseph Campanella. Pónganles caras… No eran delincuentes. No eran delincuentes profesionales, digo. Pero tampoco eran santos…

Mientras tanto, el viejo, el querido Nonino, seguía tratando de llevarlo hacia la música. Y la música… empezaba a llevarlo hacia ella.

No sabía muy bien de dónde venía, pero a ciertas horas del día una música de otro mundo invadía su departamento…

Era algo que lo obsesionaba, algo de lo que se estaba enamorando… Era Bach… bueno, no era Bach en persona. Era Béla Wilda, un pianista húngaro, antiguo alumno de Rachmaninoff, que vivía al lado de su casa y a media mañana empezaba a interpretar a Johann Sebastian Bach.

Eso es lo que quiero, dijo. Y sus viejos, siempre de su lado, se lo dieron.

Empezó a tomar clases con Béla. Y aunque él no conocía el bandoneón, adaptaba las piezas de piano a su instrumento para que su alumno pudiera practicarlas.

Béla estaba bastante arruinado. Usaba pantalones zurcidos, tenía un solo traje y “no comía de corrido”. Pero la música que tocaba hacía que Astor lo viera como al hombre más rico del mundo…

En ese tiempo, Béla, Bach y el jazz que escuchaba en Harlem llenaban sus oídos y su espíritu. El tango no le movía un pelo.

Pero en diciembre de 1933 pasó otra cosa interesante: Carlos Gardel… El Morocho del Abasto… llegaba a Nueva York.

Iba a participar de unos programas radiales en la NBC y a filmar varias películas en los Estados Unidos.

Vicente era fanático de Gardel. Y, teniéndolo en su misma ciudad, no quería perderse la oportunidad de conocerlo. O al menos de acercarse a él.

Pensó un plan. Como era muy buen tallador, esculpió un gauchito tocando la guitarra, le agregó una leyenda y le pidió a su hijo que lo llevara al departamento donde se hospedaba su ídolo… Y hacia allá fue. Al edificio Beaux Arts de la calle 44 Este.

En la puerta había un pelado con una botella de leche en la mano. Miraba la puerta, buscaba algo en sus bolsillos, volvía a mirar la puerta, volvía a revolver sus bolsillos. Parecía un poco abombado. Astor le preguntó en inglés si allí vivía Carlos Gardel, pero el tipo no entendió. Sólo hablaba en “argentino”… creería que sólo en “porteño”… Cuando vio que Astor también hablaba en argentino, se puso como loco y le explicó lo que le pasaba.

Él era el asesor musical de Gardel y vivía allí, con Carlitos y con Le Pera… pero había perdido las llaves y no podía entrar. Viendo que Astor era chiquito y movedizo, le pidió que entrara por una ventana y despertara a Gardel para que le abriera la puerta. “Es el que tiene un pijama azul con pintitas blancas”, le aclaró.

En la oscuridad Astor no vio pijama ni pintitas y al primero que despertó fue a Le Pera, que tenía un carácter podrido y empezó a gritar como un loco. Los gritos despertaron a Gardel que, al contrario de su compañero, lo saludó muy amablemente… le agradeció la talla, lo invitó a desayunar y le regaló dos fotos autografiadas, una para él y otra para Vicente. Lo que se dice… un ídolo.

Gardel y Piazzolla, una amistad trunca

Desde ese día Carlitos y Astor fueron amigos. Como el Zorzal casi no hablaba inglés, Astor le hacía de traductor y lo acompañaba a comprar camisas, zapatos, lo que necesitara…

Todos los días se repetía lo mismo: “hoy se lo digo, hoy se lo digo”… pero no se animaba. Y un buen día se lo dijo: “sabe, don Carlos, que yo toco el bandoneón?”. Carlitos lo miró, sonrió y respondió: “Y bueno… traelo y te escuchamos”.

No hace falta decir que al otro día estaba frente a él, bandoneón en mano, dispuesto a deslumbrarlo. Tocó varias piezas clásicas y algunos tangos, y cuando terminó, el hombre lo miró fijo, le puso una mano en el hombro y le dijo: “pibe, el fueye lo tocás fenómeno, pero el tango lo tocás como un gallego”.

No le gustó mucho… pero era Gardel. ¿Qué le podía decir?

Pensó que su “interpretación” iba a distanciarlos un poco… pero fue todo lo contrario.

Carlitos terminó siendo un buen amigo de toda la familia y hasta lo puso de extra en una película: “El día que me quieras”, con Carlos Gardel… y Astor Piazzolla.

Gardel filmó 4 películas en Estados Unidos y al terminar la última iba a iniciar una gira por el Caribe… Se habían hechos tan cercanos que el Morocho lo invitó a que lo acompañara en carácter de asistente o algo así… Pero Vicente dijo no. No le parecía buena idea que un chico de 14 años anduviera yirando por el mundo.

Y no era buena idea… En esa gira, precisamente en Medellín, fue donde ocurrió el accidente en el que murió Gardel.

La muerte de Gardel fue un golpe muy duro… para la familia y para todos… Tal vez por eso… las hormigas se volvieron a poner en movimiento… y a principios de 1937 volvieron a Mar del Plata.

En su cabeza seguían sonando Bach, Schumann y Cab Calloway… pero el tango lo había rozado.

Prepárense, Astor Piazzolla y su Quinteto (1961)

CONTINUARÁ…

Fotos: Fundación Internacional Carlos Gardel