Contame un cuento

Por Luz Martí

Durante la pandemia surgieron infinidad de nuevos quehaceres. Un abuelo, ante la imposiblidad de ver a sus nietos, decidió mandar un cuento por Whatsapp cada día….¡llegó a 300!

“El trabajo de abuela tienes que currártelo” me dijo una amiga española. Y tenía razón. Currar, en España, es sinónimo de  “laburar” y el ser abuelo exitoso no es otra cosa que una larga cadena de laburos anudados con amor incondicional. A una relación que no viene dada hay que construirla día a día con proximidad y frecuencia.

Jorge Eduardo Bustamante lo entendió así y en cuanto el coronavirus lo obligó a alejarse de sus nietos, en especial del de siete años, ya que los otros tres son o muy grandes o un bebe, y a no poder estar a su lado para jugar o leerle cuentos antes de dormir, resolvió ingeniárselas para estar presente de alguna otra forma con una idea divertida.

Gran lector y escritor de otras temáticas, decidió contar un cuento por noche, mandándolo por whatsapp. Tomó algunas historias tradicionales o fábulas a las que remasterizó un poco pero el 90% de los relatos salieron de su propia galera.

A todos los chicos les gusta escuchar y así, por los chicos, algunos adultos que los recibían en sus teléfonos empezaron a reenviarlos a nietos o hijos y a su vez otros más fueron recibiéndolos… hasta que las noches se convirtieron en un auditorio de enanitos expectantes para ver qué sorpresa les llegaba antes de dormir cuando ya  estaban calentitos en sus camas.

Sin sospecharlo, el abuelo superó los límites nacionales y los cuentos fueron llegando a otros países de habla hispana para lo que hubo que depurar un poco los argentinismos y llevarlos a una especie de castellano más neutro parecido al que los chicos oyen en los doblajes de la televisión. Cada cuento iba acompañado indefectiblemente por una ilustración colorida que sacaba de Internet.

Las ideas del abuelo inquieto no se limitaron a re-contar las fábulas o clásicos infantiles sino que los aggiornó,  suavizó algunos finales crudos y terribles de ciertos cuentos de Grimm o les dio una vuelta para traerlos hasta el SXXI y sus parámetros de vida.

Así el menosprecio a la cigarra que cantaba como una “vaga” y mendigaba asilo en el invierno helado a las trabajadoras hormigas,  se solucionó con la propuesta de las hormigas de crear una especie de sociedad en la que ella cantaría, las hormigas venderían entradas para todos los bichos que quisieran ir a escucharla y todos ganarían plata para comprar sus comidas haciendo lo que sabían y disfrutaban, sin distinción.

 

Más allá del entusiasmo y la alegría con que se entregaba a su trabajo de cuentista, la mayor satisfacción para Jorge fueron las respuestas de los chicos. Los mensajes, los videos, las vocecitas, y las caras de felicidad se convirtieron en el premio mayor para esos trescientos relatos.

“Hacer esto de los cuentos me trajo muchas cosas inesperadas. Con total inmodestia, ahora que los oigo tal cual salieron para ir recopilándolos por escrito, reconozco que son divertidos y me sorprende ser yo mismo el autor. Pero lo que realmente extraño a diario es la relación con los chicos: es una de las mejores cosas que me pasó en mucho tiempo.

Escribir – o contar – y tener feedback casi inmediato es ya de por sí, bastante raro y si esa respuesta viene en  palabras locas y frases inocentes y graciosas es una recompensa valiosísima  a un trabajo de puro placer”.

A eso se sumó el regalo de unos amigos para su cumpleaños que hicieron un podcast con los cien primeros y se lo mandaron, desatando un segundo proyecto: desgrabar todo para publicar un libro. Un trabajo ciclópeo, desde ya, pero si Paul Mc Cartney hace muy poco tiempo escribió “Hey Grandude!”, su primer libro para niños dedicado a sus propios nietos, ¿porqué no  hacerlo también desde estas costas?.

El público está y espera ansioso y parecería que al incansable abuelo Jorge Eduardo, no hay pandemia que lo detenga.

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