Raúl Manrupe

El Che Bergman

Por ADLB

En el marco del Proyecto Che Bergman, conversamos con el creador de esa iniciativa sobre la influencia del gran director sueco en la vida de los argentinos.

Bergman, de Persona a persona

“Está comprobadísimo que Ingmar Bergman jamás pisó la Argentina… sin embargo, dejó sus huellas en un montón de lugares: en su película Creadores de imágenes (2000), donde sus protagonistas juegan una escena al compás de un tango de Eduardo Arolas; en la infinidad de críticas que analizaron y requeteanalizaron cada una de sus escenas; en los encendidos debates que despertaban sus ideas en montones de cafés porteños; en la influencia que ejerció sobre varios directores argentinos (Leopoldo Torre Nilsson, Lautaro Murúa, Manuel Antín)  y hasta en la intensa presencia que tuvo su figura en todos los medios, aún en los que no eran específicamente cinematográficos.

La primera película suya que se estrenó en Buenos Aires fue Juventud Divino Tesoro. El productor y distribuidor Néstor Gaffet la había visto en Punta del Este, se había enamorado de ella y quiso llevarla a la calle Corrientes. Invirtió el dinero que había ahorrado para su casamiento (no quedan testimonios de lo que opinó su novia) y la estrenó en el cine Libertador. El día del estreno la cola daba vuelta a la manzana. Fue un éxito impresionante (para felicidad de la pareja), que después se prolongó, durante años, en el Lorraine, en cine clubes y en infinidad de ciclos de cine arte.

Che Bergman

A partir de ese éxito hubo una “explosión bergmaniana” y empezaron a estrenarse todas sus películas, en Buenos Aires y en varias ciudades del Interior… porque la fiebre no era sólo porteña.

Un verano con Mónica, Sonrisas de una noche de verano, Noche de circo y El séptimo sello, por nombrar algunos títulos, competían con el cine pochoclero sin ningún tipo de complejo.

¿Qué era lo que nos identificaba tanto con Bergman? Claramente no era el idioma, pero sí su melancolía, su angustia, su existencialismo… Seguramente el cruce de Bergman con nuestra intelectualidad, más el silencio que producía la proscripción del peronismo ayudaron a que su figura se engrandeciera tanto. Es cierto que los silencios de Bergman aludían al conservadurismo de la sociedad sueca y de sus instituciones burguesas, pero nosotros (confianzudos como somos) los hicimos nuestros y los reinterpretamos a nuestro modo.

Bergman traía a las pantallas temas que nunca se habían tocado abiertamente y lo hacía de un modo brutalmente honesto: las relaciones de pareja, las relaciones entre padres e hijos, el sexo, la religión… muchos asuntos que luego fueron recorridos por infinidad de creadores, pero que en ese momento eran inéditos.

Ingmar by Costhanzo

Los psicoanalistas y los psicoanalizados también se volvieron fans de Bergman, por más que en Suecia decían que el psicoanálisis había muerto antes que él. Pero acá no nos importaba. Lo estudiábamos al derecho y al revés, descubriendo simbolismos que, en algunos casos, ni siquiera el propio director había imaginado.

Otros fans de Bergman eran los censores. No es fácil saber hasta dónde lo entendían o si lo entendían siquiera, pero sus tijeras se volvían locas con sus películas. Hasta inventaron una categoría especial –la prohibición para menores de 22 años- cuando se estrenó El silencio.  La restricción era acompañada por un cartelito que decía: “Se advierte al público que esta película contiene escenas de fuerte contenido. La empresa se hace un deber en informarlo, a los efectos de que nadie se sienta sorprendido por las mismas”. Es posible que el cartelito fuera un truco publicitario… pero funcionaba y no hacía más que atraer gente… mucha de la cual salía decepcionada, porque la cosa no era para tanto.

Raúl Manrupe

Algo muy interesante de Bergman –ahora que surgen modos de consumir contenidos que hasta hace unos años parecían impensados- es que nunca tuvo prejuicios: hizo mucho cine; pero también hizo televisión (de hecho las famosas Escenas de la vida conyugal y Fanny y Alexander fueron originalmente producidas para televisión); por supuesto hizo muchísimo teatro y, si estuviera vivo, seguramente estaría realizando algo para Netflix o para alguna otra plataforma.

La Argentina tuvo el privilegio de conocer la primera versión teatral de Sonata Otoñal, su película de 1978, en una puesta que protagonizaron Cipe Lincovsky y Virginia Innocenti en los papeles que originalmente habían sido interpretados por Ingrid Bergman y Liv Ullman. También, en 1992, llegó Escenas de la vida conyugal, con Norma Aleandro y Alfredo Alcón y, 20 años más tarde, con Ricardo Darín y sucesivas “cónyuges”: Valeria Bertuccelli, Érica Rivas y Andrea Pietra… Todas las puestas fueron muy exitosas, lo que confirma que la “bergmanmanía” argentina aguanta todos los soportes.

Sin embargo, más allá de los formatos, lo que más nos acerca a Bergman parecería ser su capacidad de incomodar, de cuestionar, de no hacérnosla fácil. “El cine no da respuestas, el cine interroga”, solía decir el gran sueco. En un país en el que tanto nos gusta mirarnos el ombligo, posiblemente ése sea el secreto de nuestro enamoramiento”.

El Proyecto Che Bergman, que comprende muestras, ciclos y la edición de un libro, se inició en 2017 para celebrar la figura y la obra del realizador, y su relación con la Argentina. Con un formato itinerante continúa  desarrollándose en diferentes lugares del país.  

Para más información: https://www.facebook.com/chebergman/ 

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