Éste sí, éste no

Catadores

Por Luis Seoane

Algunos descubren este mundo en la adolescencia, otros con más años vividos… pero el placer es el mismo. Brindemos por los Amantes del vino

Mi padre nos ponía unas gotas de vino en el vaso de agua con el que los niños de la casa acompañábamos la cena y creo que allí empezó todo.

Mi gusto por el vino, primero, y por el buen vino, después, se fue acrecentando con el paso del tiempo y de las botellas. Pero, a diferencia de otras áreas del conocimiento en las que me ha interesado formarme y a las que les he dedicado tiempo y esfuerzo, podría decir que en el caso del vino, solo le he dedicado noches y dinero.

En realidad, nunca me interesó aprender o entender de vinos o al menos, entrenar mi paladar pensando que se trata de un hábito que practico a diario y desde hace años.

Entro a los supermercados chinos empujado por la leyenda urbana, difícilmente comprobable, de que allí el vino es más barato y me paro frente a la góndola como un analfabeto ante la mesa de ofertas de una librería. Y elijo por precio, por lo linda o fea que me parece la etiqueta, o por la marca, si es que me suena de algún lado.

No soy capaz de reconocer la diferencia entre un malbec y un sirah o entre un merlot y un cabernet. En fin, se trata de una de esas ignorancias (entre tantas otras) que no me abruman ni me preocupan.

Debo admitir también haber desarrollado cierta intolerancia hacia esa tribu de expertos recién llegados a la enología entre los que se encuentran varios de mis amigos. Lo que habla peor de mí que de ellos. Pero sucede que, de la noche a la mañana, estos catadores repentinos despliegan sus nuevos y precarios saberes frente a nosotros, que les conocemos el pedigree y sabemos que lo único que hicieron es haber asistido a un curso de tres sesiones de cata que se ganaron con los puntos de la tarjeta, mirándonos desde ese nuevo púlpito al que se han trepado.

Con el flamante diploma a cuestas (porque siempre les dan un diploma), se dedican a desplegar sus conocimientos delante de nuestras narices en dos momentos clave: a la hora de elegir un vino en un restaurante y luego, al momento de probarlo.

Para empezar, miran la carta de vinos como si se tratara de un incunable, preguntando al resto de la mesa qué vamos a comer, mientras esperamos pacientemente su recomendación. Carne, respondemos. Okey carne, repiten en voz baja mientras sus ojos deambulan por las columnas de marcas y precios. Le preguntan en voz alta al mozo, de forma que puedan ser oídos por las mesas vecinas,  acerca de un par de aspectos técnicos de alguna marca (que invariablemente indagado no sabrá responder) hasta que al final deciden qué beberemos durante la comida.

Luego, frunciendo algo el ceño,  nos revelan las dudas que los acecharon durante su proceso de elección entre un varietal y otro,  pero que finalmente optaron por “éste que les digo” por sus notas amaderadas, su retrogusto a incienso o el ligero toque a frutos que despliega en el paladar. Tres aspectos que me sentiré incapaz de percibir y sospecho que ellos tampoco puedan hacerlo.

La llegada del vino elegido a la mesa es la segunda parte de la ceremonia. El mozo, que ya tiene calados a estos personajes,  les muestra la botella escogida, no se sabe muy bien con qué objetivo ya que, por lo general, es lo mismo que pidieron.  La descorcha y sirve una cantidad mínima en las copas de nuestros expertos.

La degustación es en sí una escena muda y de altísimo voltaje dramático.  Toman la copa desde su base, miran el líquido a contraluz cerrando un ojo, con unos movimientos suaves hacen girar el líquido dentro del recipiente, introducen la nariz más de lo higiénicamente recomendable y finalmente beben un sorbo.  El mundo se detiene unos instantes. Nuestros recién graduados sommeliers retienen el vino en la boca, luego hacen unas pequeñas muecas con los labios, como tirando besitos al aire, para finalmente tragarlo.  El resto de la mesa los mira expectante y el mozo espera el veredicto.

Cuando llega el momento de la aprobación es tan fuerte la sensación de alivio que dan ganas de brindar aunque sea porque el ritual terminó.

Al fin, cuando ese elixir escogido con tanto esmero llega a la copa de todos y lo pruebo, reconozco que es un vino de calidad. Un excelente vino al cual no logro detectar tonos amaderados, frutados, toques de incienso o mirra pero perfecto para acompañar un bife de chorizo con papas fritas en la parrilla donde nos juntamos los primeros jueves de cada mes con los amigos de la secundaria.

Fotos: Unsplash (Klara Kurikova, Alessandro Magaro, Zan Wrue)

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